lunes, 29 de junio de 2009

Worstsellers o los menos vendidos

Es el antibestseller, o sea el que encabeza el final de la lista de éxitos lo que sería un dudoso honor si no empezara a convertirse en otra forma de ser conocidos, buena estrategia de marketing fruto del azar... y si no lo es, tampoco está mal; nos encontraríamos entonces ante otra manera de hacer publicidad.

En esta nuestra época, en la que lo único que cuenta en el mercado del ocio tiene que estar en el top-ten porque de lo contrario no existe, la palabra worstseller se ha convertido en un símbolo al que se le intenta sacar rendimiento, y no lo censuro porque hoy en día todo pasa demasiado rápidamente, incluso el éxito de los grandes bestsellers, que si bien sirven para conseguir cifras millonarias luego, poco a poco, pierden aire y se deshinchan... dejando paso a sus sucesores.

André Maurois, el gran biógrafo, novelista e historiador francés, afirmaba que un super ventas es muy fácil de escribir, que lo verdaderamente difícil es realizar una obra que perdure, es decir, que se continúe leyendo a través del tiempo, años, siglos, y que se lea, o relea, como si fuera la primera vez que se publica, porque el talón de Aquiles de los bestsellers es siempre el mismo: una vez leídos no se repite porque su trama ya no encierra suspense alguno.

A los jóvenes autores desconocidos que apenas venden no les iría mal reflexionar sobre el hecho de que tal vez no dispongan de la cobertura mediática que afrontan las grandes editoriales para imponer sus libros, porque una pequeña editorial carece de medios que le permitan publicitar debidamente la obra de un novel. Ese es el primer escollo y yo diría que el más importante. El segundo es el deslumbramiento del lector ante todo lo que viene de fuera, que yo no digo que sea mediocre en su mayoría (ya que de todo hay) pero que mostrando el encanto de la novedad, autor famoso, ventas satisfactorias, y una muy bien trabajada publicidad, consiguen que todos piquemos.

La reflexión es importante, y la memoria también, esto lo digo para que nadie olvide que grandes novelistas de la talla de Hermann Melville, por ejemplo, sólo vendieron 17 ejemplares de Moby Dick, auténtico worstseller de la época, y que ello le deprimió tanto que le apartó de la literatura. Actualmente es un autor reverenciado, todos lo sabemos, pero no triunfó a la primera y eso debemos tenerlo bien presente.

La historia de la literatura se halla repleta de novelas y poemas que en su tiempo pasaron sin pena ni gloria, y que luego, muchos años más tarde, conocieron el éxito convirtiéndose en clásicos que no han dejado de leerse desde entonces.

En cuanto a los bestsellers modernos, sólo me gustaría hacer un pequeño comentario: ¿por qué tienen tantas páginas?; 800 o 1000 páginas bastan para descoyuntarte las muñecas a menos que los leas sobre una mesa, lo que resta encanto a la lectura yendo en tren de cercanías, sentado en tu sillón favorito o de noche, metido en la cama con el amparo cómplice de la lamparita de mesilla.

Muchos libros que han pasado a la posteridad eran de pequeño formato y desde luego que no llegaban a las 500 páginas, ¿es que acaso ahora los editores opinan que a más páginas, tamaño desmesurado y encuadernadas en tapa dura, el libro tiene más categoría y la gente se queda satisfecha?... ¿Es que no se han dado cuenta aún de que muchas páginas de relleno no son más que eso, paja, que poco favorece a un buen autor?

Yo soy lectora de toda la vida y poco me importa el continente, las tapas duras y el número incalculable de páginas de un libro, prefiero los contenidos aunque sean libros de viejo, de páginas amarillentas y tapas desportilladas, porque lo que importa es lo que hay escrito.

jueves, 28 de mayo de 2009

Bicentenario triple: Poe, Larra, Gógol

Pocas veces suele darse en un año la coincidencia de varios bicentenarios que engloben de una forma tan marcada a tres escritores cuya obra, sin parecerse, tenga ciertos puntos de encuentro, e incluso sus vidas guarden algún paralelismo en determinado aspecto como es el sentimental.

Sobre Edgar Allan Poe todo está dicho literariamente, y puede identificársele fácilmente, sobre Mariano José de Larra, alias Fígaro, lo mismo, y hallamos sus puntos de contacto en una manera de escribir críticamente humorística en ocasiones -Poe con unos cuantos relatos pretendidamente irónicos y Larra con su famoso, entre otros, Vuelva usted mañana-, y en ambos hallamos un idéntico pulso tenebrosamente fúnebre; El día de los difuntos de Larra entronca por su aire de tránsito y desesperación, por su recreo en el camino cortado a toda esperanza, en las más inspiradas y lúgubres obras de Poe; ese canto a la muerte los une. Léase si no:

Día de Difuntos de 1836- Fígaro en el Cementerio.

Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.

Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz por las calles del grande osario.

¡Silencio, silencio! (Día de Difuntos de 1836.)

Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos. ¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!


En cuanto a Nikolái Gógol tampoco era muy alegre que digamos aunque también se dejara llevar por la crítica y el humor negro. Como muestras destaquemos El abrigo y Las almas muertas.

En El abrigo, nos encontramos con un desgraciado funcionario que se ve obligado a comprarse un abrigo porque el suyo ya se cae a jirones y no continúo para que el lector llegue por sí mismo al sorprendente desenlace, que no es macabro pero que sí recuerda bastante al estilo de Larra en sus artículos periodísticos.

En cuanto a Las almas muertas, es una sátira en la que denuncia la dura existencia de los siervos en su país, y cuyo argumento no deja de ser original y espeluznante: un tal Chichikov, se dedica a comprar las almas de los siervos fallecidos para traficar con ellas en un inconfesable negocio.

Las almas muertas tenía que haber estado dividida en tres partes, de la cual, la más lograda ha sido siempre la primera, ya que con esa obra se inició lo que podríamos llamar el declive de Gógol como novelista, al ser éste invadido por una fiebre mística que malbarató su creatividad enturbiándola, y ya nada fue igual en lo sucesivo en su obra, lo cual, sin embargo, no le resta méritos como escritor.

Por lo que respecta a amores los tres los vivieron desgraciados –Poe-, románticos con final desgraciado –Larra-, o prácticamente inexistentes –Gógol.

Nacido Edgar Allan Poe el 19 de enero, Mariano José de Larra el 24 de marzo y Nikolái Gógol el 1 de abril, todos en 1809,

Larra se suicidó por el desamor de Dolores Armijo, y Poe con el alcohol, desesperado al ver que las mujeres por él amadas, su madre, la madre de un amigo, Helen. y su esposa Virginia, le iban siendo arrebatadas por la muerte. En cuanto a Gógol, hombre de carácter difícil e inquieto, propenso a suscitar la polémica allá donde estuviera, no podemos decir que su vida privada fuese un éxito, ni tan siquiera económico; a Gógol no se le conocen grandes o pequeños amores, sólo algunas amistades femeninas, corresponsales muchas veces, como, por ejemplo, la de Nadezna N. Sheremetev, pero nada más. Es de suponer, entonces, que la novelística fuera su única y gran pasión.

Y para concluir citaré una curiosa anécdota referente a Dolores Armijo, amante de Larra y causa de que éste se suicidara en un muy romántico, como absurdo, arrebato:

Cuando después de abandonar a Mariano José de Larra, embarcó Dolores para Filipinas a reunirse con su marido, nunca llegó a destino porque un temporal hizo naufragar el barco.

jueves, 23 de abril de 2009

Stieg Larsson o triunfar después de morir

Ignoro si alguna vez a Stieg Larsson le echaron la buenaventura, pero si fue así, hipotético caso, imagino que la adivina se vería en el compromiso de no saber como decirle que le aguardaba la fama a través de su trilogía Millennium, que sus libros, traducidos a muchos idiomas, se venderían por millones, que se realizarían películas con ellos y que, por todo esto, sería un autor apreciado y reconocido... pero que no podría disfrutar de su buena suerte porque cuando llegara él estaría muerto.

Muerto a los cincuenta años de un ataque al corazón, sin dejar más herederos que a su padre y a su hermano con los que casualmente no se avenía, apartada de la herencia la mujer con la que convivió muchos años, y que, por no estar casada con él, no ha recibido absolutamente nada pese a hallarse a su lado hasta el último momento, dudo que se hubiera sentido muy feliz de haber escuchado semejantes augurios.

Y ahora viene la pregunta del millón, ¿qué es lo que importa más, el autor o su obra, el padre o la criatura? Bien que nadie es eterno, eso ya lo sabemos, bien que las obras sobreviven a quienes las escribieron, pero es muy triste que se haya ido de este mundo ignorante de que su obra iba a vivir por él, no el resto de una vida, la de Stieg, sino la existencia que sólo pertenece a los libros dentro de la relativa eternidad de nuestro planeta.

Muchas veces me he preguntado si los seres de ficción, a fuerza de ser leídas sus aventuras, no cobran vida en un mundo paralelo y adquieren la corporeidad física que les niega el nuestro. Por ejemplo, Don Quijote cabalgando eternamente, Holmes y Watson atrapados en su universo victoriano que inexplicablemente trasciende, los Tres Mosqueteros, todos para uno, uno para todos, metidos en intrigas palaciegas que salvaguarden el honor de su reina; al menos, para el público ellos están vivos y cada nuevo lector que los descubre les inyecta renovada vitalidad... o eso deseo creer.

Según parece, Stieg Larsson escribía velozmente sus novelas, ya que afirmaba que era un género sencillo (?), y premonitoriamente escribió la última con rapidez ya que después de hacerlo, y haberla entregado, falleció, quedando en el aire las siete restantes que pensaba desarrollar en el futuro y que siempre desconoceremos hasta que un editor oportunista decida contratar los servicios de otro literato que se avenga a escribir las secuelas restantes, pero nunca será lo mismo.

Larsson fue periodista y de los comprometidos, editor de la revista Expofundation y autor de libros de denuncia, una única entrevista en su vida realizada a finales de octubre del 2004 por Lasse Winkler para Svensk Bokhandel, y una muy singular anécdota que cuenta en ella: su personaje de Lisbeth Salander está inspirado en Pippi Calzaslargas, curioso, ¿no?

Yo todavía no he leído ninguna de sus novelas, las dos primeras aquí traducidas, e ignoro realmente de que van, cuando publiquen en junio La reina en el palacio de las corrientes de aire, adquiriré también las otras dos cuyos títulos no hace falta mencionar ya que son de sobras conocidos. Entonces volveré a hablar de Stieg Larsson pero como lectora.

Toda esta historia tan triste me trae a la memoria un caso desconcertante que ocurrió hace años, bastantes, en España. Un premio literario muy renombrado fue concedido a la novela de un autor desconocido y cuando se hizo público el nombre se descubrió que el autor había muerto tras larga enfermedad hacía unos pocos días. ¿Cuál fue la reacción del jurado ante semejante noticia?, pues le quitaron el premio debido a su fallecimiento, tal como suena, y yo siempre me he preguntado, ¿si la novela mereció el galardón, por qué descalificarla?, ya que por esta regla de tres hace tiempo que la humanidad habría enterrado, junto con sus autores, a las grandes obras de la literatura universal; no es aquello de "no es país para viejos" sino "no es país para los escritores muertos".

Stieg Larsson ha fallecido ¡viva Stieg Larsson!

domingo, 7 de diciembre de 2008

Un largo camino de cien años

La primera vez que vi, de una forma consciente, la Pedrera de Gaudí, o Casa Milà, lo hice de la mano de mi padre. Yo era muy pequeña entonces y recuerdo que la contemplé con curiosidad, la curiosidad propia de una criatura a quien le señalan un monumento que no entiende mientras su padre le dice:

-Fíjate, hijita, esta casa se construyó mucho antes de que tú y yo naciéramos y seguirá en pie cuando ya no estemos.

Papá solía hablarme así, como si yo fuera una persona mayor y pudiera comprenderle perfectamente en sus elucubraciones a veces casi filosóficas para compartir con una niña de seis años, una niña de entonces no de ahora.

Miré la casa con interés y luego le dije:

-Es una casa rara.

Y en efecto, lo era, lo sigue siendo, una casa avanzada a su tiempo cuando fue construida y una casa que sigue siendo moderna, futurista, en la actualidad.

Después, con los años, al ir creciendo, he vuelto a pasar muchas veces delante de ella y la continúo viendo igual que el primer día, una casa extraña, como trasplantada de un mundo de cuento de hadas, y que no ha envejecido en todos estos años. Sí, mi padre tenía razón, cuando ya no estemos, ni él ni yo, la Pedrera continuará imperturbable con su aspecto innovador y mágico eso si las urgencias de la vida moderna, y sus ansias de velocidad, no acaban antes con ella, caso de no hacerlo también, porque hay donde elegir, esa manía de restaurar fachadas en claro atentado al respeto histórico.

Él ya no está, mi padre quiero decir, se fue pronto hará treinta años, en febrero del que viene, y la Pedrera continúa en pie, causa de admiración de propios y foráneos. Este diciembre, el día ocho, es el aniversario de papá, su centenario y él no está para celebrarlo, como tampoco está Mercè Rodoreda, curioso que los dos nacieran el mismo año y conocieran parecidos avatares, una Guerra Civil, el exilio de Rodoreda y tres años fuera de la vida de mi padre, tres largos años, después la triste posguerra y el peso de aquellos tres años marcándole para siempre hasta la vejez... Sólo la Pedrera, como un trasunto de eternidad, de esta pequeña eternidad nuestra, permanecía, permanece y permanecerá para recordarnos que no somos piedra y, aunque la piedra también conoce su fin al disgregarse, siempre nos lleva ventaja, porque la piedra carece de memoria pero nosotros no.

La casa Milà ha sido el primer monumento del que fui consciente, un recuerdo que unir a otros dos muy significativos relacionados con papá, tesoros como esos que al ser niños guardamos en una vieja caja de zapatos y que nunca olvidaremos al hacernos mayores; son recuerdos amigos de los que echamos mano cuando necesitamos algo amable que disipe preocupaciones sirviéndonos de refugio.

Uno de ellos es éste, la Pedrera un manchón gris claro, el cielo azul y el bullicio del Paseo de Gracia en torno nuestro. No sé por qué, pero desde entonces siempre he asociado a la Pedrera con el buen tiempo, un día de primavera o quizás de verano, y papá y yo paseando, mi pequeña mano en la suya.

Pero en la caja mágica hay más recuerdos dormidos y que nada tienen que ver con la arquitectura, uno y muy importante, por ejemplo, el día en que mi padre me enseñó lo que es el concepto de la belleza, fue cuando le dije que los escarabajos eran "unos bichos feísimos".
Papá me miró muy serio respondiéndome:

-¿Has pensado lo que diría un escarabajo de ti?, ¿crees que le parecerías guapa?

No supe que responderle y él continuó:

-El escarabajo es un animalito muy hermoso...

-¡No lo es, tiene patas y cáscara y no tiene cara! –exclamé convencida interrumpiéndole.

-No es una persona, es un insecto y dentro de los de su especie es magnífico, está muy bien diseñado, matemáticamente, y la belleza es eso, hija mía, precisión y perfección, no hay patrones para ella. Lo que tú llamas "cáscara" es el caparazón, y eso de que no tiene cara no es cierto, lo que no tiene es "nuestra" cara que es algo muy distinto... Ellos son diferentes, como lo es un gato de un cisne, pero no son feos... No podemos juzgar a los demás intentando aplicarles nuestro punto de vista ni creer que lo más hermoso es el ser humano, simplemente porque nosotros somos personas y ellos no... En la naturaleza existe mucha belleza repartida mas no siempre nuestros ojos saben apreciarla.

Tenía razón, pero en aquel momento no supe comprenderle, mucho más tarde sí pues hasta encuentro belleza en una araña porque la tiene si superamos el impacto inicial que nos produce su aspecto.

Otro recuerdo, de los primeros atesorados en la caja, es sin duda cuando mi padre me enseñó a leer y a escribir, papá era maestro pero por razones obvias no podía ejercer en aquellos tiempos. Recuerdo la emoción del momento en que me mostró el libro con el que iba a aprender. Un método muy inteligente de enseñanza. Papá, que era sumamente meticuloso, lo forró con un papel grueso de color beige claro –el que empleaba mi madre para hacer patrones ya que por aquellas fechas estaba aprendiendo corte y confección-, y así continúa, como si el tiempo no hubiera transcurrido, a salvaguarda el libro del manoseo, y sin páginas dobladas ni borrones de tinta, pero cuya cubierta llenó papá con mi nombre escrito en todos los idiomas que él conocía, y que eran bastantes.

Empecé con "mi mamá me mima" y seguí con "mi mamá me ama" y "amo a mi mamá". Era fascinante, comenzaba a dominar la palabra escrita, y para una personita como yo a quien le gustaba tanto que le leyeran cuentos fue el gran descubrimiento, desde entonces no he parado de leer... ni de escribir.

Este manual incluía también diferentes tipos de letra para que los niños nos familiarizásemos con ellas si nos las encontrábamos en otros libros, y eso sí que fue difícil para mí y lo que me costó más de asimilar, pero papá no cedió a mis lloriqueos, afortunadamente.

Los dibujos del libro eran bastante modernos, mamás y papás años 30 y estaban realizados a plumilla. También había un cuento al final que era como la revalida, un cuento de ratones no muy largo que debías leer en voz alta para demostrar los conocimientos obtenidos, y cuando lo hice a trompicones y oí que papá me decía, él, que era siempre comedido en alabanzas: muy bien, lo has leído muy bien, me sentí tan feliz como nunca después me haya sentido al examinarme; ¡ya era grande, ya sabía leer!

Conservo el libro y de vez en cuando vuelvo a hojearlo en el intento, bastante frustrado, de regresar a la infancia, entonces me vienen a la memoria los esfuerzos que hacía porque todo aquello me entrase en la cabeza y mi impotencia cuando las vocales no se acomodaban en el sitio preciso al reproducirlas trabajosamente en el cuaderno rayado, primero a lápiz y más tarde, un grado nuevo en la sabiduría que tanto costaba de entrar, con pluma de mango de madera y plumilla de metal que invariablemente acababa con la punta abierta de tanto apretar.

El olor de la tinta me gustaba, me sigue gustando más como recuerdo que no como realidad, y va unido a la luz del sol incidiendo sobre las páginas del cuaderno, al balcón abierto y al calor que entraba de la calle, supongo que eran la primavera o verano de entonces –es curioso, siempre el sol y el buen tiempo están asociados a mi padre en el recuerdo-, y a papá entonces a mi lado atento a que no cometiera disparates o me distrajese contemplando las musarañas, siempre con el libro cerca, abierto o cerrado, como si fuera un pequeño amigo dispuesto a ayudar.

Hoy papá no está, se lo llevó la diabetes pronto hará 30 años, y solamente, a mi hermana y a mí, nos queda su recuerdo, fotografías, cartas, postales y el eco de sus palabras cuando, por ejemplo nos decía:

-La vida trae muchos sinsabores, hijas mías, pero siempre que éstos aparezcan contemplad el cielo por la noche, veréis tantas estrellas en la inmensidad que comprenderéis lo pequeños que somos, lo insignificante que es el ser humano y sus preocupaciones, eso os hará entender donde estáis y lo poco importante que es, aunque no lo parezca, aquello que os inquiete.

martes, 25 de noviembre de 2008

El abuelo que no sabía explicar cuentos

Mi primer libro infantil publicado en papel, EL ABUELO QUE NO SABÍA EXPLICAR CUENTOS

Así comienza...
Érase una vez un abuelo que no sabía explicar cuentos a sus nietos, lo cual resultaba muy triste porque los otros abuelos que él conocía, sí que podían hacerlo.

Una tarde, pensando en esto, decidió marcharse al País de la Infancia, a ver si recordando la suya, le volvían los cuentos a la cabeza.

Anda que te andarás, de hoy a ayer, y de ayer a anteayer y anteayer y anteayer y anteayer, y, y, y...

Índice
El caballito de cartón
El pequeño payaso
El asalto a la fortaleza
Un día en la escuela
La leyenda de Hermanita Pequeña
El Reloj Prodigioso

sábado, 11 de octubre de 2008

El abrigo de Clark Gable y otros relatos

Mi nuevo libro editado en papel. La cubierta ha sido diseñada por Ricardo Blotta, un buen ilustrador y amigo.

En "El abrigo de Clark Gable y otros relatos" se albergan 14 narraciones que tocan todos los géneros y van de una época a otra indistintamente, pues mientras una transcurre en la Roma de los césares otras son muy actuales. Existe entre todas ellas un relato vampírico de final aún más desconcertante de lo acostumbrado, uno escalofriantemente fantástico, otro satírico, uno que rinde homenaje a dos grandes figuras del arte y la literatura pero de una manera totalmente inverosímil, uno que nos lleva hasta el legendario mundo azteca, otro de ciencia-ficción, uno que nos habla de Leonardo da Vinci como interlocutor en un diálogo esotérico que es de suponer nunca tuviera lugar, otro que nos cuenta una romántica historia de amor decimonónica con un desenlace de acertijo, y los cinco restantes, dentro de nuestra época, oscilan entre la ternura, la crudeza y la melancolía, estando uno de ellos, el que da título al libro, inspirado en un hecho real aunque no lo parezca.

Índice:
La cena
El abrigo de Clark Gable
El hallazgo
La paradoja de Escher
Encuentro
Cteotl
Ciencia... ¿Ficción?
Seducción
Las criaturas
El encargo
El lider X
Un día en el circo
La muchacha de los cestos
Rezio

miércoles, 3 de septiembre de 2008

¡TOC-TOC!... BUENAS, SOY EL FIN DEL MUNDO...

Un día el Fin del Mundo bajó a la Tierra llamando a sus puertas:

¡Toc-Toc!


-¿Quién es?

-Buenas, soy el Fin del Mundo.

-¿El fin del mundo, qué fin del mundo?


Ligeramente amostazado el Fin del Mundo repuso:

-¿Cuál va a ser?, pues el único, el auténtico, el tradicional... Caerá la tercera parte del sol, el mar se convertirá en sangre, los vivos envidiarán a los muertos y todo eso... ¿Es que puede haber otro?

-Oye tío, si te quieres quedar con nosotros...

-Anda y lárgate que ya bastantes problemas tenemos, la crisis económica, la hipoteca, el desempleo y ahora vienes tú con estas monsergas del fin del mundo, como si a alguien le importara eso, se ve que no tienes otra cosa mejor que hacer que perder el tiempo soltando chorradas...

-Pero, si soy el Fin del Mundo...

-Sí y yo Caperucita Roja, ¡no te digo!

El Fin del Mundo se desesperó.

-Qué ahora vengo de verdad, en serio, si lo decís por lo del año mil eso fue un ensayo general... Y por cierto que salió muy bien, como debe ser: la gente de entonces era muy responsable, enloquecieron de miedo y los ricos regalaban sus bienes a los pobres, se tiraban de los pelos, se rasgaban las vestiduras y subiéndose al monte se daban de cabezazos contra las peñas... Vaya, lo correcto... ¿Es que no sentís nada, pavor, angustia? Da la sensación de que todo os importe un bledo, de que no vaya con vosotros, no lo entiendo...


-¡Jo, este tío está sonao!

-¡Eh, eh, un respeto, que yo no soy el tío de nadie!

En vista del éxito, el Fin del Mundo creyó que si se dirigía a los políticos estos le harían más caso, y allá que fue lleno de esperanzas.


Los políticos estaban discutiendo sobre unas próximas elecciones que ya se les venían encima y no se dignaron mirar al Fin del Mundo que se acercaba renqueando y con pinta de menesteroso.

-Hola buenas, soy el Fin del Mundo...

-¿Cómo dice?

-Que soy el Fin del Mundo y vengo a...

-Vale, vale, otro día, otro día hermano que ahora no llevamos suelto, y además ¿no ve que estamos ocupados?

El Fin del Mundo se enfadó al comprobar el poco caso que le hacían.


-¡Tengo que decirles algo muy importante, se trata de...!

-¡Ah, las encuestas, haberlo dicho antes!... ¿Cómo vamos en intencionalidad de voto?

-¿Qué voto?

-Oiga, oiga, ¿es que no sabe de lo que estamos hablando?

-Pues... no, lo siento.

-Bueno, vamos a ver, ¿usted a qué ha venido realmente?

-A decirles que ha llegado el Fin del Mundo, o sea yo...

Los políticos hicieron un corrillo aparte y se pusieron a cuchichear, al final se abrió el corrillo y uno de ellos, indiscutiblemente el líder, preguntó con cautela mientras sonreía diplomáticamente:

-¿Está usted de nuestra parte?

El Fin del Mundo le miró sin comprender.

-¿De parte de ustedes, por qué tengo que estar de parte de ustedes?

Bruscamente el líder dejó de sonreír.

-O sea que pertenece a la oposición.

Al Fin del Mundo le daba vueltas la cabeza.

-¿Que pertenezco a qué?

-A la oposición.


-¿Qué es la oposición?

-Eso, ahora hágase el despistado.

-¿A quién piensa usted votar? –zanjó rápidamente el líder.


-¿Votar?... ¿Qué es eso?

Todos le contemplaron con reprobación.

-¿Usted es de los que no votan? –exclamaron escandalizados.

El Fin del Mundo no entendía nada de nada.

-No sé de que me hablan señores.


Los políticos fruncieron el ceño muy molestos y le volvieron la espalda; si aquel individuo estrafalario no les votaba a ellos perdían el tiempo escuchándole, así que a otra cosa mariposa.

El Fin del Mundo no sabía que hacer ya, él tenía una misión y debía cumplirla, era su deber.

Se puso a cavilar y de repente halló la solución; dándose una palmada en la frente exclamó:

-¡Claro, que torpe soy, me había olvidado de los sabios, ellos me escucharán!

Y ni corto ni perezoso el Fin del Mundo se fue a buscar a los científicos que son los sabios de muestra época.

Anda que te andarás, y después de mucho caminar, se encontró con aquellos a quienes buscaba.

-Hola, buenas, me presento, soy el Fin del Mundo...

Los sabios le miraron entre irritados y distraídos, ¿quién era el atrevido que osaba molestarles en el trabajito que se llevaban entre manos?


-Haga el favor de no molestar señor... ¿Cómo ha dicho que se llama?

-Fin del Mundo, para servir a ustedes.

Los sabios le contemplaron con suficiencia y dijeron a una:

-Parece que anda usted un poco equivocado.

-No comprendo –exclamó muy sorprendido el Fin del Mundo.

-Verá señor nuestro, estamos en el siglo XXI, por más señas en el tercer Milenio y las cosas han cambiado mucho en todos estos cientos de años, tal vez no se haya apercibido usted aún, pero...

-¡No hay peros que valgan, si lo que ustedes están insinuando es que yo no soy el que digo ser... Fin del mundo sólo hay uno, servidor!

-Vamos a ver, tenga la bondad de explicarnos cuales son sus intenciones.

El Fin del Mundo sonrió feliz, ¡por fin se iba a aclarar la situación!

-A mí me llevan anunciando desde hace mucho pero al final llegó el día D y la hora H... Vengo dispuesto a traer el Apocalipsis, supongo que habrán oído hablar del evento ¿no?, para eso ustedes son sabios je, je...

Los sabios le observaron como si fuera un experimento de laboratorio y luego hablaron entre sí en voz baja mientras le vigilaban a hurtadillas.


Al final uno de ellos se dirigió a él gravemente:

-¿Podemos preguntarle como lo piensa llevar a cabo?

-¿El qué?

-Hombre, ¿qué va a ser?, el fin del mundo.

-¡Ah!, pues según manda la tradición, en varios días, como si fuera una obra de teatro... En plan espectáculo, primer acto, segundo acto, tercer acto, muertos a mogollón y Juicio Final, los buenos premiados y los malos castigados, todo muy correcto, muy tradicional...

Los sabios se echaron a reír a carcajadas.

-¡Es la cosa más divertida que hemos escuchado nunca!

El Fin del Mundo se mosqueó.

-Pues yo no le veo la gracia, la verdad.

-Varios días, ¡ja ja ja!, como se ve que es usted una antigualla, amigo... ¡Varios días, si es que es para troncharse vamos!

-A mí me aleccionaron así, ¿vale? Y ya podían ser ustedes más respetuosos con alguien como yo ¡caramba! Que mi edad merece un respeto ¿o es que no les enseñaron de pequeños a ser considerados con sus mayores?

Uno de los sabios, que lloraba de risa, se enjugó las lágrimas con un pañuelo.

-No se enfade, por favor, pero, es qué es tan gracioso lo que explica, ¡acabar con el mundo en varios días por un procedimiento tan artesanal!, ¿es que no se da cuenta que está usted muy pasado de moda y que sus métodos son completamente obsoletos?

-¿Qué quiere decir?

-Algo sencillísimo, hoy en día la ciencia ha avanzado tanto que podemos garantizar un fin de mundo a la carta en una billonésima de segundo y todavía lo echo por largo.

El Fin del Mundo se indignó de veras, se acabaron los buenos modales, a él no le tomaba nadie el pelo.

-¿Qué es ésto, intrusismo laboral?, a ver si voy a quejarme a las autoridades competentes...

-Ya puede ir ya... ¿Quién va a escucharle?... Nosotros somos los sabios usted una reliquia del pasado, algo así como un mamut fósil, o mejor todavía, un dinosaurio...

-¿Lo van a hacer?

-¿El qué?


Su fin del mundo tan moderno.

Los sabios pusieron gesto candoroso y negaron abriendo mucho los ojos:

-¡Claro que no, nosotros sólo queremos investigar, saber!

-¿El qué?

-Las incógnitas que entraña el universo.

-¿Para qué?

-Para saber.

-¿Por qué?

-Para encontrar.

-¿El qué?

-La partícula Dios.

-¿La partícula Dios?

-En efecto –corearon los sabios muy ufanos-. Dios en medio del Big Bang, el misterio de la Creación... El espacio-tiempo, ir al pasado, ir al futuro, visitar las dimensiones desconocidas, tocar la materia extraña, flotar en el interior de un agujero negro... ¿No es guay?... -a los científicos se les abrían las carnes de gozo solo con pensarlo.

-Me parece señores que hace muchos eones, antes de que yo naciera, hubo cierto asuntillo con un árbol y una manzana que luego ha dado bastante que hablar y ya saben como acabó, con la expulsión del Paraíso y todo eso... ¿No les parece que se les ha ido un poco la olla con tanta ciencia?

Ahora fueron los sabios los que se enfadaron.

-¡Usted es un elemento subversivo, un agitador profesional!

-¡Llamad a la policía, pronto!

-¡Que lo encierren en una prisión de alta seguridad!

-¡Que no le dejen salir por buena conducta; este individuo es un desestabilizador nato!

-¡Eh, oigan, yo...!

Y el Fin del Mundo acabó en prisión para tranquilidad de los científicos que así pudieron seguir en su esforzada tarea hasta encontrar la partícula Dios... Porque la encontraron, ¡vaya si la encontraron!, que el que la sigue la consigue, amigos... ¡Lástima que no llegaran a ver como acabaron los fuegos artificiales!

¡TOC-TOC!... BUENAS, SOY EL FIN DEL MUNDO...
Autoría y © de este relato
Estrella Cardona Gamio-Septiembre 2008

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