jueves, 31 de octubre de 2013

Martes con mi viejo profesor

No hace mucho terminé de leer "Martes con mi viejo profesor" de Micht Albom. Un pequeño libro de pocas páginas para lo mal acostumbrados que estamos a engullir mamotretos que se acerquen, o sobrepasen las mil hojas, volúmenes, por otra parte, llenos de suspense, o violencia o lo que ahora se ha dado en llamar novela romántica en cuestionable definición, es decir, la antítesis de "Martes con mi viejo profesor" que es un libro muy sencillo, sin pretensiones, y escrito con un pulso de sensibilidad exquisita que puede resultar manjar indigesto para muchos estómagos.
El libro trata del reencuentro, después de muchos años, de un antiguo alumno con su ya viejo profesor y como la historia es verídica, de ahí el interés que suscita.
El viejo profesor se está muriendo víctima de esa terrible enfermedad llamada ELA y que consiste en la paralización progresiva del organismo hasta su muerte por asfixia.
El alumno, un brillante periodista, se entera casualmente de la agonía de su antiguo profesor al que no había vuelto a ver desde que se graduó, y arrastrado por los recuerdos y el afecto que le tenía, contacta con él y va a verle, y el libro nos describe todas esas visitas hasta el final, siempre en martes y en las cuales intercambian recuerdos y nostalgias... también muy sencillas y nada fuera de serie, la vida normal de dos personas normales, y esa descripción de un pasado o de un presente, constituye el hechizo de este singular libro y de ahí resulta comprensible el éxito que tuvo, y continúa teniendo. Los aforismos del viejo profesor, las leyes morales que han regido su vida, su entereza soportando una enfermedad tan terrible, sus consejos, el antiguo alumno que vuelve a serlo al escucharle, las entrañables evocaciones compartidas.
En suma, un libro maravilloso por lo inusual, carente de sentimentalismos baratos ni cursilerías, tierno, realista y muy hermoso, también aleccionador y en cierto modo original porque su argumento es la descripción de una agonía, canto a la esperanza para el lector ya que le enseña como el afecto, la amistad y la bondad aún existen entre las personas de buena voluntad, y es una lección, la última lección del viejo profesor, no sólo para un antiguo alumno sino para todos cuantos lean esta pequeña gran obra en el transcurso de los años venideros.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Adriel B. - La novela de una alcohólica

Vamos de estreno, mi novela ADRIEL B. -La novela de una alcohólica- ya está en Amazon.

Os aseguro que os va a sorprender y mucho.

Adriel B., es una novela muy dura en la que se habla sin concesiones del mundo del alcoholismo y también del de la literatura, ya que su protagonista, Adriel B., es una novelista alcohólica que tiene que luchar en dos frentes a la vez: contra su enfermedad, ya que el alcoholismo es eso, y, además, contra las dificultades del mundillo editorial, lo cual nos permitirá conocer íntimamente esos recovecos del universo de las publicaciones literarias.

Adriel B., su desesperada lucha por sobrevivir como escritora, sus amores apasionados, su trágica promiscuidad, su continua huida del mundo real a través del alcohol, eso es lo que vas a leer en esta novela que disecciona sin concesiones las intimidades de un problema en cuya magnitud nadie parece reparar porque todos somos bebedores sociales aunque no todos seamos alcohólicos.

El origen de Adriel B. (comienzos de febrero de 1994 como idea y realización a partir de octubre de 1998), se inspira en el comentario que en cierta ocasión le hiciese Ernest Hemingway a un íntimo amigo suyo, al hablarle de sus principios como escritor. En ese comentario, Hemingway, confesó que llegaba a derramar lágrimas de amargura, cada vez que los editores le rechazaban sus manuscritos devolviéndoselos con una fría nota.

Esta confesión, unida a la reconocida dependencia alcohólica del novelista norteamericano, hizo que se me ocurriese unir ambos aspectos, el escritor desconocido a quien nadie considera y la personalidad alcohólica, creando un personaje, en la presente circunstancia femenino, en el cual se dieran cita los dos extremos.

https://www.amazon.com/dp/B00FGJLOX2
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martes, 30 de julio de 2013

Letra y color

No os asustéis, no se trata de letras bancarias sino de letras de molde, de esas que sirven para escribir. Me explico. 

Ya hace tiempo que leí en diversas páginas FB, las quejas de much@s usuari@s acerca del tamaño de las letras impresas, a las que luego vinieron a agregarse las de la tinta en negro y en color. Esas quejas son muy elementales y ahora, con el paso del tiempo han aumentado.
Procederemos por orden: 

Primero fue el tamaño de la letra que se iba empequeñeciendo con el transcurso de los años, quizá por cuestión de espacio para poner mas páginas, luego vino el color de la tinta, cada vez más débil hasta convertirse en un gris aguado... Bien, sumemos letra pequeña y color desvaído, lo que significa, en opinión de muchos lectores, entre los que me incluyo, un tormento para la vista por excelente que esta sea, y no me estoy refiriendo como problema a la edad ya que hasta l@s niñ@s pueden llevar gafas, me estoy refiriendo a que una buena higiene visual comienza por no forzar los ojos prematuramente, y peor resulta si las personas ya tienen problemas. 

Una letra impresa clara y legible es una bendición para el lector habitual, pero se ve que hasta eso se está convirtiendo en un lujo, incluso el color del papel no ayuda debido a su baja calidad, ahora hablo concretamente de los libros, y un papel de mala calidad, o barato, empobrece el color de la letra aún más. 

Así las cosas, la lectura puede convertirse en una tarea incómoda y descorazonadora sólo apta para personas con buena vista que gradualmente irá yendo a menos. 

Los cuentos infantiles suelen tener una letra grande y se entiende porque los textos tienden a ser cortos y abundan los dibujos, pero el hecho de que la letra grande pase a ser diminuta, si el lector es adulto, no es justificable, y ya sería hora de que se tuviera en cuenta ese aspecto de la cuestión.

Incluso las revistas se suman a este desconcierto al superponer letras en blanco sobre fondos de texto en tonos súper pálidos. 

¿Causa tanto esfuerzo simplificar las cosas?

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LETRA Y COLOR Copyright 2013 Estrella Cardona Gamio
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jueves, 20 de junio de 2013

Sobre encuestas y escritor@s


He terminado de leer hace poco La palabra se hizo carne de Donna Leon, una escritora nacida en Norteamérica pero hija de padres españoles, y que escribe sus novelas policíacas en Venecia para una editorial alemana.

Descubrí a Donna Leon hace unos años y quedé fascinada con la personalidad de su comisario Guido Brunetti, de todos los investigadores que llevo leídos, el más entrañable. Bien, pues a Donna Leon la denominan la mejor autora de novela negra europea, y eso lo dice The Chicago Tribune. Al margen de nacionalidades, Donna Leon es una excelente escritora que sabe conjugar el suspense con la vida cotidiana de su personaje, un bonachón padre de familia con hijos en la edad difícil y una esposa profesora de literatura que, además, tiene tiempo para cocinar.

Las novelas de Donna Leon se caracterizan por su denuncia social en este corrupto mundo nuestro, en el cual Venecia parece ser un microcosmos. La novelista es una mujer valiente a la hora de convertir sus denuncias en literatura y te llega a lo más hondo con los casos que relata, nada exótico ni misterioso ya que desgraciadamente la prensa se encarga a diario de ilustrarnos con sucesos similares y muy reales, pero no es la única; en los últimos años del siglo pasado ya empezó a insinuarse el nuevo derrotero de la novelística policíaca. Los asesinos dejaron de ser personas corrientes y sus móviles la venganza, los celos, estando situada la codicia, causa eterna, en un segundo o tercer lugar. Tomaron el testigo los psicópatas en todas sus variantes, y ahora son los casos de corrupción los que animan el escenario, a juzgar por el éxito de Mankell, Stieg Larssson... y Donna Leon, claro.

Recientemente he tenido ocasión de leer una bien documentada encuesta de Marta Querol, en la que se trataba el tema, ya antiguo, sobre si las escritoras, lógicamente mujeres, son novelistas inferiores a sus colegas hombres, a la hora de escribir obras policíacas.

Si repasamos la historia del crimen literario encontramos que una mayoría. muy apreciable, y de categoría internacional, es femenina, empezando por Ágatha Christie (a la que, por cierto no cesan de minimizar muchos qué más quisieran parecérsele), y llegando hasta Donna Leon que comparte fama con toda esa corte de excelentes autoras nórdicas repartidas entre Suecia, Noruega y Dinamarca, reinas del crimen con todos sus merecimientos.

Contra el machista prejuicio de que la mujer, ser inferior por naturaleza, no sabe escribir thrillers y sí sólo ñoñerías románticas, os cito solamente a Ása Larsson que no regatea hemoglobina a la hora de escribir. Que los escritores olviden a estas autoras cuando elaboran sus rankings, no me extraña en absoluto, la competencia nunca interesa. Una competencia que en el pasado obligó a muchas escritoras a usar nombres masculinos para pasar desapercibidas, otro ejemplo, George Eliot seudónimo de la novelista inglesa Mary Ann Evans.

(Yo publiqué una novela, La otra vida de T. Loure, cuyo argumento se basa en esa discriminación: época los años 50 del pasado siglo en España. Teresa Loure es una escritora a quien gustándole escribir novelas del Oeste, tiene que adoptar un seudónimo masculino y fingir que su autor es un hermano inexistente porque no está bien visto que una mujer desarrolle esa clase de argumentos, netamente masculinos).

Las mujeres podemos ser, novelísticamente hablando, mucho más violentas y salvajes que los hombres a la hora de escribir, dos ejemplos, los Cuentos Góticos de Elizabeth Gaskell, y Cumbres Borrascosas de Emily Brönte de la que comentó The Examiner en su momento:

“(...) salvaje inconexa e improbable... los personajes que componen la obra, bastante trágica en sus consecuencias, son primitivos, más brutos que los que vivían antes de los tiempos de Homero”.

Y no nos olvidemos de Mary Shelley, cuya fama ha superado a la de un marido poeta, Percival Shelley, con su nada acaramelado Frankentein.

Los hombres y las mujeres somos iguales pese a quien pese, la diferencia consiste en que el hombre es más fuerte físicamente, y fisiológicamente distinto, eso es innegable, pero por lo demás, tenemos las mismas necesidades, las mismas virtudes y los mismos defectos, no en balde los hemos heredado de nuestros padres y de nuestras madres.

Y ahora quiero hacer una puntualización que supongo gustará a muy pocos: la mejor novela romántica de los últimos años, una obra llena de sensibilidad, delicadeza y buen gusto, fue escrita por un hombre Los puentes de Madison County, autor Robert James Waller. No pretendo decir con esto que Waller sea superior a las mujeres escritoras, solamente resaltar que si un hombre puede escribir este tipo de novelas, una mujer puede hacer lo mismo incursionando en el terreno literario masculino.

Y por lo que hace a la encuesta que realizó Marta Querol, no pongo en duda su veracidad, pero desde que estoy en Internet he leído muchas y los resultados invariablemente oscilan; en unas se decía que las mujeres leían más que los hombres y viceversa en otras. Siempre son muy relativas y desde luego la discusión es interminable, puede serlo, porque nadie se pone nunca de acuerdo, ya que el ego masculino no admite rivales.

viernes, 31 de mayo de 2013

Biografía del escritor

El escritor, genéricamente hablando, no es uno sino muchos, pero como estamos cortados por el mismo patrón, basta uno para verlos a todos. Existen variantes, o sea tipos, prototipos, mejor dicho, pero no son demasiados, por eso es fácil clasificar al escritor. 

El escritor es un ser, independientemente de su sexo, que escribe novelas, relatos, cuentos, etc., también poesía, por supuesto, y escribe como espoleado por un afán imperioso, como si en ello le fuese la vida y algo hay de cierto en eso. Una vez me dijo Mario Muchnnik que “el escritor si no escribe se muere”, y estoy de acuerdo con él. Porque la existencia real de un escritor es lo que escribe y si no lo puede hacer, comienzan los problemas.

Una muestra histórica la tenemos en Schiller, a quien, en castigo por haber escrito Los Bandidos, demasiado subversiva para la época, castigaron a no escribir, con el resultado de la fuga del joven dramaturgo hacia tierras menos severas.

El escritor escribe, tanto da que sea bueno o malo, escribe y lógicamente desea que su obra reciba el aplauso general, como el pintor con sus cuadros o el compositor con su música, eso es natural y humano y no debemos burlarnos, sin embargo, muchas veces, la obra no está a la altura de las expectativas soñadas, o bien recibe la incomprensión del público. No voy a decir ahora que el público siempre tenga la razón, porque muchas veces su incultura o adocenamiento le empuja a aplaudir obras mediocres pasando olímpicamente de obras de gran calidad que pueden ser ignoradas para siempre o bien recuperadas cuando su autor ya ha fallecido, triste ejemplo los tenemos en Herman Melville con su Moby Dick, y en Edgar Allan Poe.

Actualmente, con los medios electrónicos que existen de autopublicación, las cosas se han simplificado bastante pero ello no quita para que los viejos problemas hayan sido erradicados. La impaciencia de cualquier autor por ver reconocidos sus méritos, viene de antiguo porque, lamentablemente, eso va unido a la profesión, hay quien renuncia a escribir, como Melville, hay quien se suicida como John Kennedy Toole, y ninguno de los dos ejemplos es recomendable.

En la profesión existen varios tipos de escritor entre los cuales podríamos vernos clasificados: el que escribe para comer, el hormiguita, el impaciente, el depresivo, el triunfalista, el florero y el escritor milagro.

Empezaremos por este último el análisis.

El escritor milagro es aquel que escribe por disfrutar de lo que hace sin ningún tipo de pretensión, es más, ni siquiera sueña con laureles, escribe porque le gusta y ya está. Pero, un día, alguien le aconseja que envíe a editoriales su novela, y él, en broma, lo hace, indudablemente carece de ambiciones, mas, para asombro de propios y extraños, su obra cae en gracia de una editorial y de la noche a la mañana conoce fama y dinero sin haberse propuesto nunca que tal cosa llegara a suceder. La parte negativa la tiene en que este autor se pensará que todo es muy fácil porque así a él le ha ido, y eso, a la larga, puede serle perjudicial.

El escritor florero es aquel que se perece por figurar, salir en la foto, y que disfruta más en presentaciones, conferencias, fiestas, entrevistas y firmas de libros, que escribiendo. Se suele tener en muy alta estima y por consiguiente con un ego desbordado. Acostumbra a darse entre los consagrados, aunque hay quien no lo es y obra de igual manera.

El escritor triunfalista es el que se cree importante sin serlo y allá por donde va se pavonea dándose importancia, suele aconsejar a los novatos, cuando él necesita bastantes consejos, y es maestro en el autobombo.

El escritor depresivo es un amargado que escribe porque le gusta pero con la convicción de que jamás triunfará.

El impaciente vive en el constante sufrimiento de no ver su obra aclamada y alcanzando los primeros lugares del top ten. Puede que triunfe algún día pero con úlcera de estómago.

El hormiguita, ese es el mejor, para él, escribir es un placer, y va paso a paso, y sin perder los nervios, con infinita paciencia, finalmente logrará su propósito.

En cuanto al escritor que escribe para comer, merece todos los respetos, puede trabajar de negro o bien a destajo, obedece imposiciones de las editoriales o de los novelistas que lo contratan, nunca será conocido con su nombre, pues escribiendo a destajo suele emplear seudónimo, e injustamente pasará, con más pena que gloria, por el universo literario.

Estos son los siete tipos entre los que yo dividiría al escritor.
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BIOGRAFÍA DEL ESCRITOR Copyright 2013 Estrella Cardona Gamio
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lunes, 29 de abril de 2013

¿Grafología en Internet?

No, no me refiero a realizar un cursillo on line, estoy hablando de algo muy diferente, de conocer el carácter de la persona a través de sus escritos, posts en su mayoría.

Ya sé que puede argüirse la imposibilidad de tal empeño puesto que la escritura no es de puño y letra, pero asesorada por un amigo mío, grafólogo profesional ya jubilado, me he decidido a escribir este artículo que imagino va a sorprender a más de un lector/a.

En Internet, la personalidad del individuo traspasa la frialdad de la letra de molde y revela, aun en la carta más seria, no hablo de correo comercial ahora, su carácter. La repetición de la palabra YO por ejemplo, a la que suele acompañar cierto tonillo despectivo y prepotente, y sobre todo la reiteración de la palabra BASTANTE para describir algo a lo que pretende darse el visto bueno de una manera condescendiente: "está bastante bien".

El extremo opuesto lo tenemos en quien, por el contrario es tímido y todo se le va en poner jeje, y usar un lenguaje de tipo juguetón e infantil (eso no tiene nada que ver con las personas bromistas y guasonas a las que ya se conoce como tales). Escribir con mayúsculas sin que venga a cuento, puede indicar que la persona quiere hacerse notar, o, por el contrario, que no es muy ducho en el manejo del teclado, también que es una persona mayor y está algo sorda.

El lenguaje abreviado hasta convertirlo casi en jeroglífico, puede provenir o de una persona muy joven o de un/a esnob.

Ahora bien, lo más interesante ha sido para mí, la explicación de cómo se consigue descubrir al autor/a de cartas anónimas insultantes o amenazadoras, personaje que puede ser incluso un "amigo" nuestro en Facebook. Lógicamente a un perfecto desconocido no lo vamos a poder identificar por más que sí revele su condición de indeseable sin nombre.

Todas las personas tienen su manera de escribir, no sólo los novelistas, repiten unas determinadas palabras sin darse cuenta, construyen los párrafos a su manera, ponen las comas de una forma característica, equivocada o no, y su sintaxis es propia e intransferible por muchas faltas de ortografía que puedan meter para disimular, y luego está el estilo, inconfundible si son muchos los que reciben las cartitas de el tal individuo/a, la colocación de los renglones, el interlineado, y la reiteración de los mismos insultos, hasta dispuestos por el mismo orden siempre.

Pero lo más importante para descubrir al anónimo es que éste siempre comete algún error por donde se le puede desenmascarar, claro que para que ello suceda hay que ser un experto o una persona muy observadora y que le conozca lo suficiente aunque sea a través de las redes sociales.

Estas técnicas de investigación suelen también emplearse para solventar dudas acerca de litigios sobre autoría de textos. Alguien afirma que un determinado texto fue escrito por el autor X pero un análisis exhaustivo revela que es obra de quien así habla por más que el interesado lo niegue, lo cual me induce a recordar aquello que llegó a rumorearse del hijo de Julio Verne, Michel, o sea, que se había dedicado a rescribir las obras incompletas dejadas por su padre al morir, ampliando textos y copiando estilo, pero nadie entonces se dio cuenta del cambiazo o prefirieron desentenderse ya que el nombre Julio Verne, aun desaparecido el novelista, seguía siendo muy rentable. Tal rumor, o la duda, nacerían mucho después y ha llegado hasta nuestros días convertido en leyenda.

La pregunta pertinente a hacerse ahora sería, ¿nadie se dio cuenta de que la letra no era la misma o bien Michel se hizo pasar por el amanuense de su progenitor?
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¿GRAFOLOGÍA EN INTERNET? Copyright 2013 Estrella Cardona Gamiohttp://lacomunidad.elpais.com/estrellacardonagamio/2013/4/29/-grafologia-internet-

domingo, 31 de marzo de 2013

Relatos ¿un género literario menor?

El abrigo de Clark Gable y otros relatos
No lo creo, para mí es un género mucho más difícil que el de cualquier novela, porque ésta permite más espacio para el desarrollo de cualquier argumento y por ende facilita un juego amplio de posibilidades que redondeen descripciones permitiendo profundizar y hasta extenderse tranquilamente. El relato, por el contrario, es una pequeña obra de artesanía si se sabe escribir, y no todos saben hacerlo, incluso un buen novelista puede ser un pésimo cuentista y viceversa.

Escribir un relato corto es un ejercicio de equilibrio que poseen autores tan ilustres como Chejov, Katherine Mansfield y Daphne du Maurier entre otros muchos, igualmente también se ha distinguido Frederick Forsyth el conocido autor de largos best sellers, y en su caso el mérito es doble ya que aúna relato y novela sin que ninguno de los dos se resienta. Otro caso excepcional fue Emilia Pardo Bazán autora de novelas magistrales y de 600 relatos perfectos, o bien Pedro Antonio de Alarcón, y en Catalunya Mercè Rodoreda.

Escribir un relato precisa de una gran capacidad de síntesis sin que ello menoscabe la claridad del texto y esto me lleva a recurrir a otro nombre glorioso en el mundo de las letras, el de Agatha Christie con sus innumerables relatos cortos tan admirables. Hay muchos nombres que brillan en este género pero lamentablemente no tengo espacio para mencionarlos a todos porque, de lo contrario, el artículo se iba convertir en un listín y no es el caso.

El esquema de un relato es muy sencillo y es en esa sencillez donde estriba su dificultad precisamente, el comienzo es lo de menos, lo importante es el nudo seguido de un desenlace de impacto que remate dignamente las expectativas puestas en él, y también hay que tener en cuenta la extensión de la pequeña obra, y digo bien pequeña sin que incurra en una exagerada brevedad ya que entonces se convertiría en un micro relato, muy dignos de alabanza pero que no son el tema que nos ocupa ahora.

Un relato puede contar 30 o 40 o 50 páginas, y seguir siéndolo pero nunca una novela corta será un relato, eso hay que tenerlo en cuenta. Además sus características son muy concretas: la historia ha de poseer la intriga suficiente como para concluir en un desenlace de impacto, vuelvo a repetir, eso es condición imprescindible.

Me gustaría terminar el presente artículo con la mención a una auténtica joya del género cuya autora es Susan Vreeland, o sea la titulada La joven de azul jacinto.

Sus relatos fueron escritos por separado y a medida que se publicaban no componían los capítulos de un libro, pero si guardaban un nexo de unión entre sí; todo sucedía, a través de los siglos, relacionado con un cuadro, el verdadero protagonista del argumento, sin embargo, se podían leer individualmente e incluso no por orden cronológico sin que el conjunto se resintiera. Descubrir este librito, y leerlo, es un auténtico placer que no dudo en recomendar.

A mí me gustan mucho los relatos, leerlos y escribirlos, he tenido buenos maestros por mediación de la lectura, y por ello me tomo la libertad de colocar aquí la portada de uno de los libros publicados en papel, El abrigo de Clark Gable y otros relatos, libro que se editó hace varios años y cuyo título pertenece a una historia real acaecida en Barcelona allá por los 50 del pasado siglo y que era totalmente desconocida... o al menos lo fue, antes de ser publicada.
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RELATOS ¿UN GÉNERO LITERARIO MENOR? Copyright 2013 Estrella Cardona Gamio http://lacomunidad.elpais.com/estrellacardonagamio/2013/3/31/relatos-un-genero-literario-menor-

viernes, 8 de marzo de 2013

Día Internacional de la Mujer

La trampa de ser mujer por Estrella Cardona Gamio
Olympe de Gouges escribió lo que sigue hace más de 200 años. Era una ciudadana revolucionaria que pagó con su cabeza el no serle grata a Robespierre. Ardiente defensora de los derechos de la mujer, su corta vida estuvo consagrada a ello, honremos su memoria con nuestro respetuoso recuerdo.

“Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El poderoso imperio de la naturaleza ya no está rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la majadería y la usurpación. El hombre esclavo ha multiplicado sus fuerzas y ha tenido necesidad de recurrir a las tuyas para romper sus cadenas. Liberado, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Cuáles son las ventajas que habéis obtenido de la Revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más señalado. En el transcurso de los siglos de corrupción, vosotras sólo habéis reinado sobre la debilidad de los hombres. Vuestro imperio es destruido; ¿qué os queda entonces?, la convicción de las injusticias del hombre. La reclamación de vuestro patrimonio, fundado sobre los sabios decretos de la naturaleza; ¿qué tendríais vosotras que temer de una tan noble empresa, las buenas palabras del legislador de las Bodas de Cannaán? ¿Creéis a nuestros legisladores franceses, correctores de esa moral largo tiempo vigente, pero ya trasnochada, cuando nos repiten: mujeres, ¿qué hay de común entre nosotros y vosotras? Todo, tendríais que responder. Si ellos se obstinan, en su debilidad, colocando esta inconsecuencia en contradicción con sus principios, oponed valientemente la fuerza de la razón a sus vanas pretensiones de superioridad, reunios bajo el estandarte de la filosofía, desplegad toda la energía de vuestro carácter, y veréis pronto a estos prepotentes, nuestros serviles adoradores, arrastrándose a vuestros pies, pero orgullosos de compartir con vosotras los tesoros del Ser Supremo. Cualesquiera sean las barreras que se os opongan, está en vuestro poder derribarlas; sólo tenéis que querer.”

Enlaces relacionados:

jueves, 28 de febrero de 2013

En el bicentenario de Orgullo y prejuicio

El 28 de enero se cumplieron 200 años de la publicación de Orgullo y prejuicio de Jane Austen con homenaje de sello de correos incluido. Que yo sepa, a las hermanas Brontë nadie les ha hecho un homenaje semejante todavía, no ya por su bicentenario, el de Emily será el 2048, sino con motivo de cualquier otro evento, aunque tal vez en el 2018 editen un sello conmemorativo de su nacimiento.

Si enfrentamos a Jane Austen con Emily, nos encontraremos con los dos polos opuestos, el romanticismo de pastelería de la Austen opuesto a la rudeza de Brontë con sus personajes de una pieza y tremendamente vivos a pesar del tiempo transcurrido, pero hay gustos para todo y por ello Jane no sólo triunfó en su época sino que continúa haciéndolo con sus novelitas rosa, verdaderamente rosa eso sí, los amores encorsetados de Elisabeth y Darcy parecen ser el prototipo de toda una generación de novelas románticas aptas para un público determinado que no ha pasado de moda en doscientos años.

El tema del amor y el matrimonio, o cómo pescar marido como único objetivo en la vida de una mujer, ha variado muy poco en tanto tiempo y de ahí la continuidad de su éxito. Porque Jane Austen sólo tiene un objetivo en su vida, y por ende en la de sus personajes, casarse, cosa que ella no consiguió nunca pese a todos sus esfuerzos, de ahí que volcara ese anhelo en las novelas que escribía, en lo más parecido a un conjuro.

Una contemporánea suya, Mary Russell Mittford, comentó en una carta que su madre había dicho de la novelista, que era la más bonita, tonta, afectada mariposa cazamaridos que recordaba haber visto nunca.

Y Ralph Waldo Emerson, escribió:

No logro entender por qué la gente tiene las novelas de Miss Austen en tan alta estima, ya que a mí me parecen vulgares tonterías, estériles en imaginación artística, prisioneras de las despreciables convenciones de la sociedad inglesa, carentes de genio, talento y conocimiento del mundo. Nunca la vida fue tan mezquina y estrecha. El único problema en la mente de la escritora... es llegar al matrimonio.

¿Para que continuar? Un par de opiniones que nos merecen todo el respecto ya que son de primera mano y hechas por personas que saben de lo que hablan. Tal vez el mejor retrato de una escritora que si bien nos legó imágenes y costumbres de la sociedad de su tiempo, no puede escapar de un análisis desapasionado y exhaustivo.
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EN EL BICENTENARIO DE ORGULLO Y PREJUICIO Copyright 2013 Estrella Cardona Gamio
http://lacomunidad.elpais.com/estrellacardonagamio/2013/2/28/en-bicentenario-orgullo-y-prejuicio

jueves, 31 de enero de 2013

Llamaradas solares

Vivimos con permiso del enterrador y no lo sabemos, siempre ha sido así pero ahora se agudiza, tal vez porque ahora están concurriendo una serie de circunstancias que a cada nueva semana lo van intensificando y no lo digo para que cunda el pánico ya que obras son amores.

Si miramos al cielo, aparte de que esté azul de día y estrellado de noche cuando no hay luna, la mirada es de recelo cuando no temor: el sol lanzando llamaradas cada vez más largas en evidencia de una desusada actividad que va coincidiendo con antiquísimos cálculos mayas de cariz apocalíptico, y por si esto fuera poco, el firmamento convertido en amenaza al transformarse en lugar de tránsito de juguetones meteoritos, asteroides o lo que guste mandar el cosmos. Dicen que el 15 de febrero uno de ellos pasará casi rozando la Tierra, cómo si ya no tuviéramos suficientes preocupaciones, ¿y luego qué, la nada o más de lo mismo?

Cuando la Tierra era muy joven, y no había gente sino antepasados animales del hombre, las catástrofes geológicas y lo que nos podía caer del cielo, estaban a la orden del día, pero era lo normal y la vida que pululaba en nuestro planeta ni podía predecirlo ni podía intentar tomar medidas, sucedía y ya está, desaparecían especies, se desarrollaban otras, así pasó el Cámbrico con la extinción del rey de lo océanos, el temible y feroz calamar gigante, mucho más temible y feroz que los propios dinosaurios cuando les tocó el turno de aparecer, y la vida fluía, desgarradamente sentando indelebles arquetipos de lo que luego se convertirían en espantables profecías hechas de recueros inconscientes.

¿Quién puede evitar una catástrofe sideral?, ni siquiera el mismísimo Bruce Willis en su papel de salvador del planeta. Tanto progreso tanto misil y a la hora de la verdad nos hallamos totalmente indefensos.

Tristemente es así, no somos los reyes de la creación sino una especie más, también con fecha de caducidad, y ahora ¿quién será el próximo heredero, las ratas?

Para la prepotencia del ser humano creyendo incluso que es la única entidad inteligente, no ya de la Tierra, sino del universo entero, puede resultarle, si le nombramos antecesor en el puesto de esos insaciables y feroces roedores, algo más que un insulto, y, sin embargo, no es una hipótesis lanzada al vuelo.

Que no existe ser más vanidoso que el humano, lo comprendemos rápidamente contemplando el firmamento a través de un telescopio o bien en las fotos que salen de vez en cuando en la prensa comentando determinadas noticias pero aun y así parece que no basta; somos tan presuntuosos que el universo entero se nos queda pequeño sin darnos cuenta que los pequeños somos nosotros, los habitante de un diminuto planeta que gira en torno a un sol de tercera clase en los suburbios de la Vía Láctea, esa es toda nuestra grandeza y de ahí hasta el infinito contemplándonos el ombligo llenos de suficiencia; somos los más inteligentes, los más capacitados, los reyes de la Creación, lo mejorcito del cosmos. ¿Cómo es que no se nos cae la cara de vergüenza ante tanta prepotencia estúpida? Nos estamos cargando a la Tierra y aún pretendemos ir a colonizar otros planetas, explorar ¿o esquilmar?

Uno de los primeros astronautas que pudieron contemplar la Tierra de lejos comentó, emocionado, que semejaba un punto azul desvalido y vulnerable y que le entraron ganas de protegerlo... No deja de tener cierta ironía el considerar nuestro planeta como una entidad inocua y susceptible de ternura, un mundo donde reina la injusticia, el egoísmo y la malevolencia, donde las guerras son armas de represión y el amor al prójimo un bonito cuento de hadas... Pero el astronauta lo vio inocente, porque se hallaba muy lejos y deseó protegerlo de todo mal... Lástima grande que sus habitantes no puedan apreciarlo de la misma forma, e ignorándolo, estén precipitando su ruina, una destrucción en la cual, las llamaradas solares no sean sino los fuegos de artificio del fin de fiesta.

LLAMARADAS SOLARES Copyright 2013 Estrella Cardona Gamio http://lacomunidad.elpais.com/estrellacardonagamio/2013/1/31/llamaradas-solares

viernes, 18 de enero de 2013

Os cuento...

Os cuento. Se trata de una historia común pero que viene por otros cauces aunque el contenido es similar al de muchos comentarios parecidos.

Esta mañana he recibido una llamada telefónica de una lectora de excepción, una librera ya jubilada cuyo testimonio me ha emocionado al venir de persona con muchos años de lecturas a cuestas. Había leído La otra vida de T. Loure, se la regaló una amiga estas Navidades, libro impreso en el que se encuentra un teléfono de contacto, y le gustó tanto, que no ha podido por menos que decidirse a llamarme directamente, lo cual ha constituido una grata sorpresa, aunque, la verdad, es una pena que no esté en activo ahora porque la recomendaría a sus clientes. Esta señora me ha felicitado con palabras que gustan a cualquier autor; trata la novela de pequeña obra maestra afirmando que me lo decía una persona quien a lo largo de su vida ha leído muchísimo.

Lo ha tratado de libro delicioso, escrito con gran sensibilidad y que nos lleva al mundo ya desaparecido de las novelas de duro, mundo poco conocido para el lector actual. Celebra la descripción de los personajes, incluso en la no descripción de algunos como por ejemplo la del librero Matías, porque Matías es un personaje al que cada lector puede ponerle el aspecto físico que guste siempre acorde con sus propias vivencias personales ya que se trata de un individuo simbólico y entrañable. Pero también hay palabras para el resto, la dueña de la tienda de flores egoísta, codiciosa y explotadora, los hermanos de la protagonista, unos indeseables, luego el editor y su socio don Miguel, personajes muy representativos del mundillo editorial de la época, y por último, lo que ella denomina el toque maestro, la inserción en el texto de varios fragmentos de la “novelitas de duro” escritas por Teresa Loure.

Su comentario final ha sido: Francamente, hacía mucho tiempo que no leía una novela tan bonita, y evocadora de toda una época.

Ya podéis imaginar mi alegría al escucharla, más que sus palabras, el entusiasmo al pronunciarlas, que eso sí no puede reproducirse con la letra impresa. Pocas satisfacciones da la literatura pero de vez en cuando alguien nos hace felices refiriéndose elogiosamente a lo que más aprecia un escritor, su obra.

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