sábado 15 de marzo de 2008

La trampa de ser mujer

Conmemorando El día de la Mujer Trabajadora, te presento mi nuevo libro: La trampa de ser mujer, manual para recobrar la autoestima perdida.

La trampa de ser mujer nació a raíz de una charla que sobre literatura hube de dar en cierta ocasión a un público totalmente femenino, y lo que en su exposición consistió en hablar de novelas, autores y personajes, derivó luego en el coloquio posterior en algo por completo diferente, ya que comentarios y preguntas apuntaban en una sola dirección: ¿es la mujer importante, es decir, la aventaja el hombre por el hecho de serlo, somos menos al ser mujeres, ciudadanos de segunda, las eternas tuteladas que no pueden dar un paso sin la aprobación masculina?

La verdad es que me quedé muy sorprendida al escuchar todo aquello, porque en pleno siglo XXI parecía haber retrocedido en el tiempo y hallarme en el XVIII cuando Olympe de Gouges publicara su celebre manifiesto; ¿tan poco hemos cambiado, o, mejor dicho, tan poco han evolucionado las circunstancias en occidente para que haya mujeres que aún se expresen así?

Después de esto reflexioné bastante, y fruto de ello han sido las presentes páginas que he escrito repitiendo una fórmula ya usada por mí con anterioridad al redactar Taller libre de Literatura -que surgió en contestación a preguntas realizadas por un público de autores noveles-, en esta ocasión, sin embargo, las preguntas están en diferido y nunca me fueron enviadas por e-mail, pero no las he olvidado y ahora transcribo de forma coloquial las respuestas, personalizándolas in extenso, con el agregado de artículos que redactara en su momento, biografías y algún que otro relato tanto de mi autoría como de diferentes escritor@s, amén del manifiesto histórico de Olympe de Gouges, copiado íntegramente, para todas mis oyentes de un ayer no muy lejano y para cuantas amigas desconocidas, de hoy y de mañana, pueda serles de utilidad.

domingo 17 de febrero de 2008

Diferencias entre plagio e inspiración

Mucho se ha hablado, y se habla, del plagio, no es necesario repasar su historial por otra parte de todos conocido, pero me gustaría puntualizar sobre unas diferencias muy claras, es decir, lo que separa el plagio de la inspiración. Por ejemplo, los libros de la andante caballería inspiraron a Cervantes El Quijote y a nadie nunca se le ocurriría mencionar la palabra plagio en tal caso, y como éste hay muchos que efectivamente no lo son; plagio es la copia literal de un argumento mal disimulando nombres y lugares mientras que inspirarse en un libro, sin que ello devenga transcripción exacta, no lo es, y para ilustrarlo puedo referirme a un caso muy famoso del que en su tiempo se habló de plagio sin que se le pueda acusar de ese hecho si analizamos la novela con detalle.

Se trata de Rebeca, la conocida obra de Daphne du Maurier sobre la que llovieron acusaciones de plagio al poco de publicarse, achacándole a la autora que había plagiado Jane Eyre de Charlotte Brönte. Para los que hayan leído esta novela o bien hayan visto las películas que se han filmado con diferentes títulos, el primero de todos Alma rebelde, no habrán olvidado que se trata de la historia de una huérfana que metida a institutriz enamora al dueño de la mansión en donde presta sus servicios, quien contrae matrimonio con ella, para descubrirse en la boda que su primera mujer vive y está loca encerrada en unas habitaciones secretas de la misma casa. Jane se va y un día la perturbada incendia la mansión y muere, aunque finalmente todo se resuelva bien para los protagonistas.

En Rebeca también nos encontramos con una muchacha que ha perdido a sus padres y que se dedica al trabajo de señorita de compañía de una millonaria caprichosa; rescatada de semejantes menesteres por un caballero viudo que la hace su esposa, llega a Manderley, el hogar de Max de Winter, el marido, y empieza a saber de Rebeca, su antecesora, una mujer muy bella y diabólica muerta en un naufragio. En la novela, uno de los personajes clave es el ama de llaves antigua niñera de Rebeca que le coge un odio feroz a la nueva señora y procura amargarle la vida de todas las maneras posibles hasta el extremo de querer inducirla al suicidio. La obra concluye con que el cuerpo de Rebeca aparece en el hallazgo inesperado del barco que se suponía desaparecido en el mar y entonces todo gira alrededor de un presunto asesinato que parece señalar a su viudo, finalmente éste queda libre de sospechas y el ama de llaves, al enterarse del fallo por teléfono, prende fuego a Manderley y muere allí dentro.

Según se podrá apreciar, de plagio nada porque las dos historias son muy diferentes, sugiero una lectura comparativa, y sus puntos de conexión no desmontan una novela para escribir otra. Bien que hay una huérfana que trabaja de asalariada, bien que hay un incendio, pero ahí se acaban los parecidos, porque el ama de llaves, personaje fundamental, no existe en Jane Eyre como se nos presenta en Rebeca ni ésta fue una demente. Y en cuanto a Manderley, la mansión tiene un protagonismo del que carece por completo la casona de Rochester.

Yo supongo que Daphne du Maurier se inspiró libremente en la novela de Charlotte Brönte, y escribió su propia obra, pero de eso a ser plagio media un abismo.

Otra novela que quiero comentar como segundo ejemplo es El cuento número trece, que podría llamarse homenaje a la literatura gótica inspirado en muchos e ilustres ejemplos, novela que sale de varias novelas pero a la que en ningún momento se puede acusar de ser un plagio sino una perfecta lección de saber escribir magistralmente recorriendo antiguos senderos; Jane Eyre y Cumbres Borrascosas reviven en ella, así como obras de Wilkie Collins y Jane Austen, y nadie puede demandar por plagio a Diane Setterfield, su autora, porque la novela es por completo diferente en su línea argumental, respecto de las otras, sólo una concesión, el apellido Winter "cedido" al personaje central, en clara evidencia de cumplido.

El cuento número trece es una historia que recomiendo vivamente a cuantos gusten del género antes mencionado y si son lectores de los novelistas acabados de citar, comprobarán que lo que digo respecto a inspirarse es en la presente novela una realidad estimulante y concreta.

Como último ejemplo, existir existen muchos más pero por razones de espacio no puedo ponerlos todos, quiero hablar de una novela de reciente aparición en nuestro mercado, se trata de El discreto encanto de la vida conyugal, novela de Douglas Kennedy, que inspirándose muy libremente en Madame Bovary de Flaubert, nos presenta el mismo tema, la insatisfacción de la mujer casada una vez llevado a cabo un matrimonio de rutina y el subsiguiente adulterio, desde una perspectiva por completo distinta y apasionante.

Estas tres novelas son claro exponente de lo que es inspirarse en obras ajenas sin cometer ningún tipo de plagio.

martes 25 de diciembre de 2007

A Christmas Carol -Cuento de Navidad-


La primera vez que leí Cuento de Navidad de Charles Dickens fue precisamente en esas fechas, cuando yo era adolescente, antes, cosa extraña, no había tenido ocasión, y entonces tampoco fue lo que diríamos una lectura muy ortodoxa, porque lo leí convertido en cómic, eso sí, un cómic muy fiel al original que aparecía en una revista como suplemento-regalo navideño. Los dibujos eran magníficos y la historia, ¿qué os voy a decir que nos sepáis ya?; a mí me impresionó y mucho, pero continué sin leer el original, no por ningún tabú en concreto sino, así de sencillo, porque el libro no cayó en mis manos.

Años después, el cine me trajo de nuevo la historia protagonizada por Albert Finney, un estupendamente odioso Ebenezer Scrooge, y la magia del relato se hizo presente otra vez... hasta que, por fin, con toda una vida de retraso, pude leerlo.

Charles Dickens escribió Cuento de Navidad en 1843, entonces se denominó –y este es su verdadero titulo-, A Christmas Carol, Canción de Navidad, traducido aquí por Cuento de Navidad que es como se le conoce, y lo escribió por encargo prácticamente; se necesitaba un cuento de Navidad, y constituyó todo un éxito, luego vendrían más, pero ninguno alcanzaría el mismo impacto, ni siquiera El grillo del hogar, que, después del que nos ocupa, tiene mucha nombradía.

El acierto del Cuento de Navidad se basa en que la fábula recurre a los fantasmas –de hecho Dickens lo subtituló Cuento navideño de fantasmas-, y a esos tres famosos Espectros, el de las Navidades Pasadas, el de las Navidades Presentes y el de las Navidades Futuras, que consiguen atemorizar al viejo avaro de Ebenezer Scrooge aunque también le ofrezcan una oportunidad de arrepentimiento por ser Navidad, y el egoísta Scrooge se redime, pero no sólo por Navidad sino para siempre.


(Se convirtió en tan buen amigo, tan buen señor, tan buen hombre, que fue el mejor del que se había sabido en toda aquella buena y vieja ciudad o en cualquier otra buena y vieja ciudad, pueblo o barrio de este bueno y viejo mundo.)

Es decir, la moraleja se halla en que cualquier persona no debe hacer "limpia" por esas fiestas y luego continuar igual que siempre; la "limpia" ha de permanecer, no se trata de dar una limosna para acallar nuestra conciencia. Scrooge cambia para siempre y es así como debe ser, de ahí la lección que se desprende de este cuento victoriano, por otra parte el hábil cuadro de unos estratos de la sociedad no muy piadosos e incluso oportunistas –las mujerucas y el de la funeraria que llevan a mal vender el menguado botín robado a un muerto.

Según sus biógrafos, Charles Dickens amaba la Navidad y disfrutaba en ella, como un chiquillo más entre sus hijos; lección a aplicarse todos aquellos que por pose progre, por sistema o empujados a ello por quién sabe que inconfesados traumas infantiles, proclaman a los cuatro vientos su odio o desapego hacia esta fiesta plenamente invernal y cuya antigüedad se remonta a los tiempos paganos, o sea a las legendarias saturnales, porque Dickens, mejor que los eternos descontentos, supo de lo que es una Navidad, muchas Navidades, sin magia y con hambre, frío y desolación; prácticamente careció de una infancia feliz y desde temprana edad supo lo que era la vida en su faceta menos amable, pero no por eso se convirtió en un resentido ni en un cascarrabias Scrooge –cuando le asistía todo el derecho de serlo-, y supo conservar la ilusión, y, sobre todo, transmitirla para que cada año, a finales de diciembre, pueda haber personas de buena voluntad en este mundo nuestro, que leyendo su Canción de Navidad, lleguen a captar el verdadero espíritu que encierra la historia, es decir, ese mensaje de esperanza que decide apostar por el lado positivo de la existencia.

¡Qué se pueda decir esto igualmente de nosotros, de todos nosotros! Y también, en palabras del pequeño Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos y a cada uno!

miércoles 12 de diciembre de 2007

¿Leer o no leer?... ¡He ahí el problema!

Sí, y un problema verdaderamente difícil de resolver, no solamente que en este país se lea poco si lo comparamos con otros, sino que los escolares apenas pasen de tres renglones escritos que puedan comprender o asimilar.

No quiero parecer retrograda puesto que yo también uso de las tecnologías modernas, pero, tal vez porque nací en otra época en la que si bien una imagen valía más que mil palabras, todavía no nos dejábamos absorber por ella y leíamos, lo que significa que nuestra mente se ejercitaba y a través de la letra impresa navegábamos, por supuesto en otro sentido, por los mares de la fantasía cosa que hacía trabajar a las neuronas; al no darnos las imágenes hechas, teníamos que inventarlas y ese esfuerzo no creaba dolores de cabeza, al contrario, permitía que el cerebro evolucionase. Posiblemente soy reiterativa insistiendo en el ejemplo, pero más desoladoramente repetitivo es comprobar que los pre adolescentes no pasan de la lectura de tres líneas escritas y luego, aturdidos, estresados como ahora se dice, recurren al bálsamo adormecedor del móvil multiusos o a la playstation de turno. Les cuesta retener una lectura de tres renglones escritos pero no quedarse hipnotizados ante el constante movimiento de una pantalla luminosa, pues de hipnótico mucho tienen. Las imágenes te lo dan todo hecho, ¿qué necesidad hay entonces de pensar?

Este no es un buen camino y me hace recordar aquel cuento tan famoso que se llama “Las aventuras de Pinocho”, y que Disney primero, y otros muchos después, llevaron al cine. ¿Alguien recuerda, memoria visual, la Isla de los juegos a dónde se conduce a los niños para que se diviertan eternamente?

Creo que valdría la pena que los padres leyesen a sus hijos este capítulo en el libro, lo digo, más que nada, porque si los chiquillos no lo entendieran, demasiada concentración, tal vez sus padres, con mucha paciencia, pudieran hacérselo comprender.


Recordad una cosa: leer no es malo, no muerde.

*Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo. John Steinbeck.

*En Egipto, a las bibliotecas se las denominaba “tesoro de los remedios del alma”. En efecto, curábase en ellas la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y origen de todas las demás. Jacques Benigne Bossuet.

*La lectura fue mi primer amor. Sin ella no podría vivir. Diane Setterfield.

domingo 11 de noviembre de 2007

Una anécdota sorprendente

Sí, una anécdota de las que ya no se estilan actualmente y que puedo contar en primera persona porque yo soy una de las protagonistas, la segunda es mi primera novela El otro jardín escrita hace muchos años y auto publicada también mucho tiempo después; actualmente se halla descatalogada y a mí me quedan unos pocos ejemplares que amarillean y cuya cubierta plastificada se suelta por varios sitios. El tercer protagonista de la historia es un lector, el perfecto lector desconocido del que el autor nada sabe hasta que un día aparece en tu vida, en este caso, mandan los tiempos, vía e-mail.

Hace poco más o menos un mes recibí por correo electrónico una inesperada petición, el Lector Desconocido acababa de dar señales de vida: hacía 25 años, cuando el tenía 18, visitando la sección de librería de unos grandes almacenes, vio el lomo de un libro sobresaliendo tímidamente entre otros muchos, le llamó la atención y lo sacó, ojeó la cubierta, le gustó, leyó la contraportada y aquella novela atrajo su interés, obviamente fue adquirida, y aquí viene la otra parte de la historia que conforma esta anécdota.

Veinticinco años más tarde, el Lector Desconocido se cambia de piso y en la mudanza, mi libro El otro jardín, se pierde. Él lo había conservado en su biblioteca durante todo ese tiempo, lo que ya es significativo de cara a un escritor, y al comprobar su falta, buscó en Internet hasta dar con la autora poniéndose en contacto conmigo para solicitarme se la enviase –y hemos de tener bien presente que nunca he colgado en mi página web la novela en cuestión.

Lo increíble de esta pequeña historia, que en sí misma parece un relato de ficción, es la fidelidad del lector a la obra a través y a pesar de los años transcurridos, fidelidad que le empuja a su búsqueda por la red hasta encontrar una referencia que le conduce a quien la escribiera, entonces el Lector Desconocido deja de serlo y los dos extremos coinciden.

Por supuesto le he enviado El otro jardín, que pese a su título no se trata de una novelita rosa, ni de un cuento de hadas, sino de una novela que pudiéramos denominar psicológica y apta sólo para mayores.

Esto ha sido todo, un lector contento de volver a recuperar la novela perdida y una autora maravillada de que incluso hoy en día puedan tener lugar anécdotas semejantes.

viernes 19 de octubre de 2007

Adriel B., y los ratones alcohólicos

Leí no hace mucho que experimentos efectuados con ratones y ratas para erradicar el alcoholismo del ser humano, habían dado excelentes resultados; según parece estos experimentos venían precedidos de otros que se hicieran antes para quitar del vicio del tabaco con óptimos resultados, y yo me pregunto, ¿desde cuando ratones y ratas frecuentan los bares como clientes y, además, fuman?

Aunque este tipo de roedores se parecen bastante genéticamente a los humanos, tanto que podríamos llamarlos primos, o al menos eso afirman quienes guiados por sus estudios científicos de parentescos entienden, lo cierto es que no deja de sorprendes el hecho de que unos animalitos entre cuyas costumbres no se halla ni el beber alcohol ni el fumar, puedan ser curados a nivel de laboratorio. ¿No sería mejor experimentar con adictos al alcohol y al tabaco?

Este interrogante se dirige directamente a la ciencia, mejor dicho, a sus sumos sacerdotes los científicos. Que un ratón, o una rata, se vuelvan abstemios o no fumadores, francamente lo encuentro de chiste malo; ¿saben esos científicos bien lo que se dicen?

Yo he escrito una novela Adriel B., en la que hablo del alcoholismo y no en plan de cuento de ciencia-ficción sino como una triste realidad, y no hablo por hablar ya que investigué a fondo sobre el tema documentándome y asistiendo a reuniones abiertas de Alcohólicos Anónimos y ningún super roedor salva a mi protagonista de su alcoholismo. No hay fórmulas mágicas, Adriel es alcohólica y aprender a convivir con su enfermedad sin recaer en la adicción, es una labor de buena voluntad y disciplina no de componendas milagrosas ni en base a experimentar con unos animalitos que nunca se han distinguido por su afición al vino.

Ya sería hora de que dejase de investigarse a través de los animales para erradicar tanto adicciones como enfermedades humanas, y de someterles a las torturas que se les infligen como las pruebas de alergias con productos de belleza femeninos; ni perros ni gatos, ni otros animales, se pintan los ojos o los labios, se tiñen el pelo o se aplican maquillaje, o gastan en perfumes y colonias o se aplican cremas rejuvenecedoras, ¿a qué viene pues el utilizarlos en experimentos totalmente fuera de lugar?


Las enfermedades de los humanos, y sus alergias, a los humanos competen, y bastante gente se ofrecería gustosa a esas pruebas, medio pago, naturalmente.

Los tests serían mucho más fiables entonces, como cuando se realizaron experimentos sobre resfriados con personas voluntarias.

Esto me trae a la mente a Christopher Reeve, el tristemente desaparecido Superman, que se ofreció sin remilgos a cuantas pruebas quisieran hacer con él, para intentar devolverle el movimiento.

¿Cuesta tanto ser razonable?

domingo 7 de octubre de 2007

El traje nuevo del emperador


Cuando Dan Brown se hizo famoso con su Código da Vinci, empezaron a lloverle las críticas desde dos frentes por completo opuestos, y es acerca de uno de ellos sobre el que deseo escribir.

Tal vez porque el éxito desata muchas envidias, nadie quiere reconocerle talento como novelista, e incluso se insinúa que él no escribe sus obras sino que es su esposa quien lo hace, pareciendo que con esta nueva acusación se le desprestigia aún más, primero no es buen escritor, después no es autor de lo que firma; si nos atuviéramos a esto último quedaría zanjada la cuestión de una manera bastante incongruente, ¿no os parece?

Pero, vamos a ver, ¿en qué consiste ser un buen novelista? En literatura no hay reglas fijas que lo determinen por la sencilla razón de que quien decide finalmente siempre es el público por encima de críticos pedantes u operaciones de marketing oportunistas, y esto se ha visto ampliamente confirmado no sólo con la acogida que ha tenido su libro sino, lo uno ha traído lo otro, por que ha creado escuela. A los hechos me remito, salir El código da Vinci y crecerle secuelas como hongos, todo ha sido uno; lo más gracioso del caso es que estos imitadores también le critican cuando, estando muy por debajo de él, no hacen más que seguir sus huellas.

En literatura sucede como con El traje nuevo del emperador -aquel cuento que Andersen escribió inspirándose en otro-; es de buen tono decir que se ve un traje inexistente si los que saben más que nosotros (?) afirman que así es, y sólo los niños, en el cuento, pueden señalar la verdad. Digo bien en el cuento, en la realidad es mejor callar o criticar, todo antes que decir nuestra sincera opinión respecto a la obra de Dan Brown. Yo no comparto ese modo de pensar y pregunto: ¿a qué se llama escribir bien?, o, ¿qué se entiende por escribir bien?

Para mí novelar bien es hacer una obra, luego inolvidable en el recuerdo, que tenga garra e interés, y que haga que la leas casi de un tirón, siendo eso precisamente lo que encontramos en las novelas de Dan Brown. ¿Acaso Asimov era un académico de la lengua?, no, pero sus novelas siguen siendo leídas con avidez por los amantes del género, y nadie puede negarle el éxito obtenido en sus primeros tiempos, porque después, según parece, vivió de ello e incluso echó mano de "negros" literarios ya que su producción es exhaustiva y bastaba con que oficiara de supervisor.

La literatura se divide en dos grandes sectores, literatura de evasión y literatura comprometida, trascendente y con mensaje. No obstante, seamos sinceros, ¿quién no prefiere ese tipo de evasión a deprimirse leyendo una novela que nos pone un espejo delante de los propios ojos, recordándonos nuestras miserias, nuestras angustias y nuestros miedos? No es que le niegue el mérito a este tipo de literatura, lo tiene, pero no se han de denostar las novelas de evasión por miedo a pasar por inculto o ignorante, hay que tener esa valentía y huir del snobismo, aunque, lo cortés no quita lo valiente, honestamente, puedan conciliarse ambas vertientes, ya que los extremos nunca son recomendables.

Yo he leído novelas de profundos y sesudos autores que parecían jugar a la ceremonia de confusión con sus textos, argumentos semejantes a muñecas rusas y que, en este caso, no conducen a ninguna parte ya que el laberinto comienza en el primer capítulo y después se hace tan sumamente intrincado que desde luego, cuando llega el final, descansas pero te consideras ligeramente estafado, por no decir del todo, leyendo un desenlace que parece burlar tu buena fe al haberte hecho recorrer pacientemente el itinerario de una novela envuelta en el caramelo de trascendencias filosóficas que después se diluyen en la nada.

De una de estas novelas leí la crítica y me hizo mucha gracia ver como quien la redactara parecía un equilibrista en la cuerda floja intentando justificar tal cúmulo de divagaciones a cual más absurda, y luego, al finalizarla, el pobre crítico afirmaba que el universo creado por X, era sumamente abstruso para ser comprendido sin pararse a meditarlo con detenimiento, supongo que resultaba obligado atestiguar que el emperador había estrenado un nuevo traje.

De manera casual, mientras empezaba a escribir el presente artículo, he leído unas declaraciones del profesor de arte y experto mundial en delitos artísticos, ahora también escritor, Noah Charney, quien hablando de El código da Vinci, dice significativamente que si bien el libro le enganchó pero que era frustrante por sus inexactitudes –vuelvo a repetir que en ese tema no entro-, pensó "que si podía alcanzar la misma fuerza narrativa, solo contando la historia cierta de todo lo relacionado con el mundo del arte, tendría la combinación perfecta".

Fijémonos que menciona "la misma fuerza narrativa", es decir que le reconoce a Dan Brown al menos un mérito y no se recata en admitirlo, cosa que no hacen otros cuando se muestran disconformes con su obra.

Y a eso voy precisamente, a la fuerza narrativa de Brown, que sea cual sea el tema que desarrolle lo hace con pulso de novelista; el lector comienza intrigado por una situación impactante y misteriosa, continúa leyendo y la aventura servida no le defrauda en absoluto, tomemos por ejemplo su primera novela La fortaleza digital, o La conspiración, o Ángeles y Demonios, y nos hallamos ante historias trepidantes cuyo interés no decae ni un segundo y al que de todo corazón le agradeces que, al menos por unas horas, te haya apartado de la siniestra tensión existencial del mundo en el cual vives.

Pura carpintería literaria, muy bien manejada y expuesta y de la que mucho novatillo criticón podría tomar ejemplo, y también alguna pluma de las llamadas consagradas, sobre todo en nuestro país, ahora que a varios les ha dado por apuntarse al carro de las intrigas de un género que podríamos denominar "browniano".